
Tuve la oportunidad de conocer St Andrews en un viaje que inicialmente no estaba relacionado con el golf, pero que me permitió dedicar unos minutos a visitar la plaza en St Andrews de donde parte el tee del 1 del Old Course y a donde llega el green del 18. El Old Course es uno de los famosos links de esta población, el campo que, todo indica ser “el embrión” de lo que hoy es un deporte que practicamos casi 70 millones de personas en el mundo. El escenario es realmente único, en una población bella, rodeada de mar, y de largas playas de arena o roca, y una plaza, de un pueblecito, desde donde seguramente los pastores salían antaño a pastar con su rebaño y aprovechaban estas salidas para practicar lo que hoy conocemos como el Golf. Si hacía un fuerte viento o lluvia el ganado y el pastor se refugiaban en unos grandes desniveles, o huecos en la tierra, para protegerse, y ahí se forjó el origen de los bunkers, que tantas veces hemos visto en televisión, con unos desniveles de pared que a veces es preferible jugar hacia atrás que intentar superarlos.
Aquella visita siempre me mantuvo con la ilusión de poder estar un día en el tee del 1, pasando esa valla simple pero que marca una clara diferencia entre el que viene a ver y el que viene a jugar. El escenario, el punto de salida, no es el habitual de un campo de golf cualquiera. Estás en el pueblo y desde él vas a partir hacia el campo, para regresar de nuevo. La salida, toda ella dominada por el edificio de la Royal and Ancient, la casita de piedra de los caddies, y bordeada por una calle del pueblo con sus casas y sus tiendas, se encuentra rodeada por una ligera valla de madera a donde se agolpan muchísimos visitantes, más de 200 metros de valla, que miran incansablemente a quienes salen del tee del 1 y a quienes llegan al green del 18. Un lugar único que respira amor y pasión por el golf, con unas rigurosas salidas perfectamente coordinadas por el starter. Numerosos jugadores preparados para salir, un sonido de campana que anuncia a quienes osan cruzar en ese momento por el camino que atraviesa 100 metros más abajo las calles 1 y 18 para que detengan su paso porque el jugador va a dar su primer golpe. Todos quienes están rodeando este escenario o la mayoría de ellos, entienden de golf, han venido a jugar al golf y saben evaluar un buen golpe, un buen put. Es realmente gratificante, y desde luego, si estás como yo, detrás de la valla, lo que quieres es volver para traspasarla, pinchar tu tee, colocar tu bola y desear en los más profundo que te salga el drive de tu vida.
Después de unos años he tenido la oportunidad de volver, con mi green fee asegurado, con mi tee time, todo perfectamente coordinado. La verdad es que no podía reprimir mis ganas de que llegara el momento clave. Por la mañana desayuné pensando en que debía disfrutar al máximo, que lo importante era precisamente dejarme llevar p
or el juego, y disfrutar. En principio fuimos al campo de prácticas, donde el edificio y las instalaciones tienen un diseño espectacular, especial, sus cabinas de madera, preparadas con salidas para poder ser filmado el swing, o con espacios independientes donde calentar y prepararte para tu hora de salida. El campo de prácticas se encuentra alejado del tee de salida, en general hay que ir en coche. Las bolas del campo de prácticas, además te están recordando en todo momento que se espera de ti que hagas el recorrido en menos de 4 horas, pues llevan grabadas la siguiente leyenda: 3:57. Es el tiempo que luego un grupo de persistentes y constantes marshalls te recordarán durante todo el recorrido como el tiempo en el que debemos recorrer los 18 hoyos.
Tras 20 minutos de estiramientos y un cubito de bolas ya lanzado sobre el campo, me dirigí al tee de salida. Debo reconocer que me sentí afortunado, era un día claro con un clima templado, sin demasiado viento. El colofón ideal. El grupo con el que viajaba y otros jugadores estaban pateando en un pequeño putting green que hay junto al tee. Y el tee, como siempre, solo es abordado por los 4 jugadores y sus caddies. En el Old Course no se puede usar buggies ni troley, ni carritos, y puedes elegir entre un caddie profesional o simplemente un caddie de entrenamiento (el primero lógicamente es más caro, y creo que cada uno debe elegir según su handicap de juego). A parte de ser una experiencia fabulosa, la comodidad de que t
e transporten la bolsa de palos, te ayuden a elegir el palo adecuado, la línea correcta, o te adviertan de los peligros, te hace sentirte un “auténtico” profesional en la cúspide de tu mejor día de golf. Bueno, y además la lectura de las caídas en los greenes es superútil, por que realmente ¡se las traen!. Yo le propuse a mi caddie, que además del importe oficial que habitualmente se paga, le daría 2 libras por cada punto bajo par que me hiciera al finalizar el recorrido, y que nada me hacía más ilusión que pagarle por lo menos 10 libras más. Así, creo que los dos estábamos más motivados.
Lo jugadores estábamos a la espera de que nos dieran nuestra salida, el starter va llamando de 4 en 4 a los jugadores, y entonces traspasamos la valla, nos colocamos en medio del tee, un tee de medidas excepcionales, y en ese mom
ento llaman a los caddies que se acercan, se presentan a ti, te saludan y se hacen cargo de la bolsa. Te has quedado en tus manos con el tee, la bola y el drive. Ahora si que está llegando el momento. Cuando miras alrededor estás solo en un inmenso tee, rodeado de gente mirando desde el exterior de la valla. El starter toca la campana y advierte de que no se cruce el camino, y te indica que puedes salir; todo verde alrededor, el mar a la derecha, La Royal and Ancient detrás de ti, y delante se vislumbra un green, detrás de un pequeño riachuelo que lo protege. El silencio,.... porque la gente sabe que estás jugando al golf, y los compañeros de alrededor se alejan para que te enfrentes, serenamente, a ese momento que tanto has deseado.
Yo, para mi interior pensé, “relájate, suave, sube tranquilamente y suelta los brazos, no te preocupes de a donde va, simplemente déjate llevar por un swing sereno, tranquilo, como queriendo acariciar la bola”.... y ya no oía nada. Subí, solté tranquilamente los brazos y oí ese golpe en la bola que te hace saber, sin ver, que has hecho lo que querías hacer. En ese momento tuve clara una cosa, “la partida había comenzado, y yo estaba en ella”.